José Luis Romero

Breve Historia de la Argentina

 

Prefacio

La Era Indígena

Poblaciones Autóctonas

La Era Colonial

La conquista española y la fundación de las ciudades (siglo XVI)

La Gobernación del  Río de la Plata. (1617-1776)

La época del Virreinato (1776-1810)

La Era Criolla

La independencia de las provincias unidas (1810-1820)

La desunión de las provincias. (1820-1835)

La Federación (1835-1852)

Buenos Aires frente a la Confederación Argentina (1842-1862)

La República: Estabilización Política y cambio Económico social (1862-1880)

La Era Aluvial

La República Liberal (1880-1916)

La República Radical.(1916 -1930)

La República Conservadora (1930-1943)

La República de Masas (1943-1955)

La República en crisis - (1955-1973)

Pérdida y Recuperación de la República (1973- 1996)

Historia

III. La Gobernación del  Río de la Plata. (1617-1776)

   Cuando llegó al gobierno del Río de la Plata Hernando Arias de Saavedra -el primer criollo que alcanzó esa dignidad-, se ocupó de regularizar las difíciles relaciones entre las autoridades eclesiásticas y civiles en un sínodo que reunió en Asunción en 1603. Pero el problema era arduo y volvió a suscitarse una y otra vez. En Buenos Aires, la querella entre obispos y gobernadores fue durante toda la época colonial una de las causas de agitación en el vecindario. Fuera de las pequeñas cuestiones personales y del conflicto entre las distintas tendencias políticas que se suscitó después, un motivo frecuente de discrepancia fue el problema de los indios, más grave, sin duda, en el Paraguay y en el Tucumán que en el Río de la Plata.

   Pese a las recomendaciones reales, el trato que los encomenderos daban a los indios era duro y cada uno se servía de los que le habían sido asignados como si fueran sus siervos, olvidados de los deberes para con ellos que les estaban encomendados. Para protegerlos, Hernandarias tomó diversas medidas, pero no fueron suficientes para corregir la conducta de los encomenderos obsesionados por la riqueza. Francisco de Alfaro, enviado para visitar la comarca por la Audiencia de Charcas, dispuso en 1611 suprimir el servicio personal de los indios; pero sus ordenanzas tampoco modificaron la situación. Hernandarias dio un paso audaz y encomendó a los jesuitas la fundación de unas "misiones" donde trabajarían y se educarían los guaraníes del Paraguay. Las fundaciones fueron extensas y prósperas; pero crearon un mundo incomunicado en el que las mismas autoridades civiles difícilmente entraban. Fue el "Imperio jesuítico". Así comenzó a ser el Paraguay un área marginal, ajena a la evolución del Tucumán y del Río de la Plata donde el mestizaje creó dolorosamente una sociedad abierta.

   Curioso explorador tanto de las tierras del sur como de las del Chaco, Hernandarias comprendió que Asunción y Buenos Aires constituían dos centros de distintas tendencias y de diferentes posibilidades, y solicitó a la Corona la división de la colonia rioplatense. Una Real Cédula de 1617 separó al Paraguay del Río de la Plata y desde entonces sus destinos tomaron por caminos diversos.

   Buenos Aires, la pequeña capital de la gobernación del Río de la Plata, adoptaba ya, pese a su insignificancia, los caracteres de un puerto de ultramar. Situada en una región de escasa población autóctona los vecinos se dedicaron a la labranza ayudados por los pocos negros esclavos que comenzaron a introducirse, y algunos procuraron obtener módicas ganancias vendiendo sebo y cueros, que obtenían capturando ocasionalmente ganado cimarrón que vagaba sin dueño por la pampa. Quienes obtenían el "permiso de vaquerías" para perseguirlo y sacrificarlo, vendían luego en la ciudad aquellos productos que podían exportarse, unas veces con autorización del gobierno y otras sin ella. Porque a pesar de su condición de puerto pesaba sobre Buenos Aires una rígida prohibición de comerciar. Desde 1622, una aduana "seca" instalada en Córdoba defendía a los comerciantes peruanos de la competencia de Buenos Aires. Tales restricciones hicieron que el contrabando fuera la más intensa y productiva actividad de la ciudad, y sus alternativas llenaron de incidentes la vida del pequeño vecindario. Unas veces fue la falta de objetos imprescindibles, como el papel de que carecía el Cabildo; otras, fue la llegada subrepticia de ricos cargamentos; otras, el descubrimiento de sorprendentes complicidades entre contrabandistas y magistrados. Siempre condenado, el contrabando hijo de la libertad de los mares, floreció y contribuyó a formar una rica burguesía porteña.

   Mil españoles y una caterva de esclavos constituían el vecindario de la capital de la gobernación. Dentro de su placidez, la vida se agitaba a veces. En más de una ocasión se anunció la llegada de naves corsarias y fue necesario poner a punto las precarias fortificaciones y movilizar una milicia urbana; pero el peligro nunca fue grande y los vecinos volvían a sus labores prontamente. Lo que más los agitó fueron las querellas entre el obispo y las autoridades civiles, todos celosos de sus prerrogativas y todos acusados o acusadores en relación con los negocios de contrabando. Así se desenvolvió, durante el siglo XVII y buena parte del XVIII, la vida de Buenos Aires, la pequeña aldea en la que los viajeros advertían la vida patriarcal que transcurría en las casas de techos de paja, en cuyos patios abundaban las higueras y los limoneros. Allí vivían los más ricos, rodeados de esclavos y sirvientes, orgullosos de sus vajillas de plata y de los muebles que habían logrado traer de España o del Perú, y los más pobres, ganando su pan en el trabajo de la tierra o en el ejercicio de las pequeñas artesanías o del modesto conchavo. Una pequeña burocracia comenzaba a constituirse con españoles primero y con criollos también mas tarde. Y alrededor de la ciudad se organizaban lentamente las estancias de los poseedores de la tierra, algunos de los cuales se lanzaban de vez en cuando hacia el desierto, ayudados en su tarea de perseguir ganado cimarrón por los mancebos de la tierra", criollos y mestizos que preferían la libertad de los campos a la sujeción de una ciudad que no era de ellos y que prefiguraban el tipo del gaucho.

   Cada cierto tiempo, un navío traía noticias de la metrópoli y del mundo. Las más interesantes eran, naturalmente, las que tenían que ver con el destino de la gobernación y especialmente las que se relacionaban con la suerte de la costa oriental del Río de la Plata. Desde 1680 había allí una ciudad portuguesa -la Colonia del Sacramento- que se había convertido en la puerta de escape del comercio de Buenos Aires. Artículos manufacturados, preferentemente ingleses, y algunos esclavos se canjeaban por el sebo y los cueros que proveía la pampa. Pero precisamente por esa posibilidad, la suerte de la Colonia fue muy cambiante. Una y otra vez las pobres fuerzas militares de Buenos Aires se apoderaron de ella, pero tuvieron que cederla luego a causa de los acuerdos establecidos entre España y Portugal. En 1713, por el tratado de Utrecht, lograron los ingleses autorización para introducir esclavos; y en connivencia con los portugueses organizaron metódicamente el contrabando con Buenos Aires. El tráfico entre las dos orillas del río se hizo tan intenso que los portugueses se creyeron autorizados para extender aún más sus dominios. Pero España reaccionó enérgicamente y encomendó al gobernador Bruno Mauricio de Zabala que los contuviera. Zabala fundó Montevideo en 1726, y las ventajas de ese puerto lo transformaron pronto en el centro de las operaciones navales en el Río de la Plata. Muy poco después Montevideo se consideró un competidor de Buenos Aires.

   En el norte, de espaldas al Río de la Plata y mirando hacia Lima las ciudades del Tucumán progresaban más lentamente. Córdoba, la más importante de ellas, apenas llegaba al millar de habitantes; pero tenía ya desde 1622 una universidad cuya fundación había promovido fray Hernando de Trejo y Sanabria y veía levantarse la fábrica de su catedral el más atrevido y suntuoso de los templos de la colonia. A diferencia de las comarcas rioplatenses, abundaban en el Tucumán los indios labradores y mineros. El contacto entre las poblaciones autóctonas y los españoles fue allí intenso y dramático. Hubo uniones entre españoles y mujeres indígenas, unas veces legítimas y otras no, que originaron la formación de una nutrida y singular población mestiza. Pero hubo sobre todo relaciones de dependencia muy severas entre indios y encomenderos. En los cultivos -el trigo, el maíz, la vid, el algodón- y en las industrias, unas tradicionales de la región y otras nuevas, entre las que se destacaba la del tejido de lana y de algodón, los indígenas trabajaban de modo agotador en beneficio del encomendero. Más duro todavía era el trabajo que realizaban en las minas, cuyo secreto sólo ellos poseían, no sin desesperación de los españoles. En cambio, la cría de mulas que se enviaban al Perú en grandes cantidades, y el traslado de vacunos desde la pampa constituían trabajos más livianos en los que se ejercitaban preferentemente criollos y mestizos.

   La sistemática explotación de los indios, apenas amenguada ocasionalmente por la influencia de algún funcionario o algún misionero, suscitó un sordo rencor en los naturales del país. Unas veces se manifestó en la negligencia para el trabajo, otras en la fuga desesperada y otras, finalmente, en una irrupción violenta que desembocaba en la rebelión. Hacia 1627, un vasto movimiento polarizó a los diaguitas y la nación entera estalló en una sublevación contra los españoles. Diez años necesitaron éstos para someter a los diversos caciques rebeldes, cuyos hombres se extendían por todos los valles calchaquíes y amenazaban las ciudades.

   Algo singular había en las relaciones entre los indios y los conquistadores del Tucumán. La sospecha de que aquéllos conocieran la existencia de ricas minas de metales preciosos movía a los conquistadores a intentar de vez en cuando una aproximación benévola para tratar de sorprender sus secretos. Acaso fue esta esperanza la que movió gobernador Alonso Mercado a confiar en los proyectos de un imaginativo aventurero, Pedro Bohórquez, que se decía descendiente de los incas y prometía, a cambio del título de gobernador del valle calchaquí, la sumisión de los indios y los tesoros de Atahualpa. Pero el virrey de Lima no aceptó el juego y los diaguitas, que también habían puesto sus esperanzas en Bohórquez, volvieron a sublevarse en 1685. Esta vez la lucha fue extremadamente violenta y duró varios años, al cabo de los cuales los indios fueron vencidos y las diversas tribus arrancadas de sus tierras y distribuidas por distintos lugares del Tucumán y del Río de la Plata. Así se dispersaron los diaguitas, sin que los españoles del noroeste argentino alcanzaran nuevos secretos sobre las riquezas metalíferas de las montañas andinas.

   Los indios del Este también hostilizaron a las ciudades del Tucumán, a cuyas vecindades llegaron los del Chaco. Pero más peligrosos fueron éstos para los vecinos de Asunción, que estaba más próxima y se sentía, además, amenazada por los mamelucos de la frontera portuguesa. En esa zona tenían los jesuitas sus reducciones y allí se produjo también una sangrienta insurrección indígena en 1753, cuando los guaraníes de los pueblos de las misiones se resistieron a abandonarlos tal como lo mandaba el tratado firmado entre España y Portugal, tres años antes. La lucha fue dura y concluyó con la derrota de los guaraníes en las lomas de Caibaté en 1756. Poco después, el gobernador del Tucumán, Jerónimo Matorras, consiguió contener a los indios chaqueños que amenazaban su provincia. Esta lucha intermitente y dura con los indios fue una de las preocupaciones fundamentales de los conquistadores en las regiones que constituirían la Argentina. Crecía el número de mestizos, ingresaban nutridos grupos de esclavos negros, pero se deshacía la personalidad colectiva de las poblaciones indígenas. En la llanura, se salvaron alejándose por las tierras desiertas, disputando a los conquistadores la captura de los ganados, que los indios desplazaban hacia sus propios dominios extendidos hasta los valles chilenos. En el Tucumán, procuraban retraerse hacia los valles más protegidos. Así, las ciudades recién fundadas fueron ínsulas en medio de un desierto hostil. En el Río de la Plata, el gobernador Pedro de Cevallos volvió a ocupar la Colonia del Sacramento en 1762, y la diplomacia portuguesa volvió a recuperarla poco después.

   El contrabando continuó intensamente. Entre tanto, los cambios políticos e ideológicos que se producían en España a fines del siglo XVIII repercutieron en Buenos Aires cuando el conde de Aranda, ilustrado ministro de Carlos III designó gobernador de la provincia a Francisco de Paula Bucarelli. Reemplazaba a Cevallos, notorio amigo de los jesuitas, con la misión de cumplir la orden de expulsar a éstos del Río de la Plata, tal como la Corona lo había resuelto para todos sus dominios. La medida se cumplió en 1766 y se fundaba en el exceso de poder que la Compañía de Jesús había alcanzado.

   Signo de regalismo, la expulsión de los jesuitas reflejaba la orientación política de Carlos III y de sus ministros. En Buenos Aires, un hecho tan insólito tenía que dividir las opiniones. La ciudad alcanzaba los veinte mil habitantes y comenzaba a renovar su fisonomía. Dos años antes se había erigido la torre en el edificio del Cabildo y la fábrica de la catedral comenzaba a avanzar. Las iglesias del Pilar, de Santo Domingo, de las Catalinas, de San Francisco, de San Ignacio y otras más se levantaban ya en distintos lugares de la ciudad, exhibiendo su fisonomía barroca. En la Recova discutían los vecinos y comenzaban a polarizarse las Opiniones entre los amigos del progreso y los amigos de la tradición. La llegada del nuevo gobernador Juan José de Vértiz, criollo y progresista, acentuó las tensiones que comenzaban a advertirse en el Río de la Plata.


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