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III. La
Gobernación del Río de la Plata. (1617-1776)
Cuando llegó al gobierno del Río de la Plata Hernando Arias de Saavedra
-el primer criollo que alcanzó esa dignidad-, se ocupó de regularizar las
difíciles relaciones entre las autoridades eclesiásticas y civiles en un
sínodo que reunió en Asunción en 1603. Pero el problema era arduo y volvió
a suscitarse una y otra vez. En Buenos Aires, la querella entre obispos y
gobernadores fue durante toda la época colonial una de las causas de
agitación en el vecindario. Fuera de las pequeñas cuestiones personales y
del conflicto entre las distintas tendencias políticas que se suscitó
después, un motivo frecuente de discrepancia fue el problema de los
indios, más grave, sin duda, en el Paraguay y en el Tucumán que en el Río
de la Plata.
Pese
a las recomendaciones reales, el trato que los encomenderos daban a los
indios era duro y cada uno se servía de los que le habían sido asignados
como si fueran sus siervos, olvidados de los deberes para con ellos que
les estaban encomendados. Para protegerlos, Hernandarias tomó diversas
medidas, pero no fueron suficientes para corregir la conducta de los
encomenderos obsesionados por la riqueza. Francisco de Alfaro, enviado
para visitar la comarca por la Audiencia de Charcas, dispuso en 1611
suprimir el servicio personal de los indios; pero sus ordenanzas tampoco
modificaron la situación. Hernandarias dio un paso audaz y encomendó a los
jesuitas la fundación de unas "misiones" donde trabajarían y se educarían
los guaraníes del Paraguay. Las fundaciones fueron extensas y prósperas;
pero crearon un mundo incomunicado en el que las mismas autoridades
civiles difícilmente entraban. Fue el "Imperio jesuítico". Así comenzó a
ser el Paraguay un área marginal, ajena a la evolución del Tucumán y del
Río de la Plata donde el mestizaje creó dolorosamente una sociedad
abierta.
Curioso explorador tanto de las tierras del sur como de las del Chaco,
Hernandarias comprendió que Asunción y Buenos Aires constituían dos
centros de distintas tendencias y de diferentes posibilidades, y solicitó
a la Corona la división de la colonia rioplatense. Una Real Cédula de 1617
separó al Paraguay del Río de la Plata y desde entonces sus destinos
tomaron por caminos diversos.
Buenos
Aires, la pequeña capital de la gobernación del Río de la Plata, adoptaba
ya, pese a su insignificancia, los caracteres de un puerto de ultramar.
Situada en una región de escasa población autóctona los vecinos se
dedicaron a la labranza ayudados por los pocos negros esclavos que
comenzaron a introducirse, y algunos procuraron obtener módicas ganancias
vendiendo sebo y cueros, que obtenían capturando ocasionalmente ganado
cimarrón que vagaba sin dueño por la pampa. Quienes obtenían el "permiso
de vaquerías" para perseguirlo y sacrificarlo, vendían luego en la ciudad
aquellos productos que podían exportarse, unas veces con autorización del
gobierno y otras sin ella. Porque a pesar de su condición de puerto pesaba
sobre Buenos Aires una rígida prohibición de comerciar. Desde 1622, una
aduana "seca" instalada en Córdoba defendía a los comerciantes peruanos de
la competencia de Buenos Aires. Tales restricciones hicieron que el
contrabando fuera la más intensa y productiva actividad de la ciudad, y
sus alternativas llenaron de incidentes la vida del pequeño vecindario.
Unas veces fue la falta de objetos imprescindibles, como el papel de que
carecía el Cabildo; otras, fue la llegada subrepticia de ricos
cargamentos; otras, el descubrimiento de sorprendentes complicidades entre
contrabandistas y magistrados. Siempre condenado, el contrabando hijo de
la libertad de los mares, floreció y contribuyó a formar una rica
burguesía porteña.
Mil
españoles y una caterva de esclavos constituían el vecindario de la
capital de la gobernación. Dentro de su placidez, la vida se agitaba a
veces. En más de una ocasión se anunció la llegada de naves corsarias y
fue necesario poner a punto las precarias fortificaciones y movilizar una
milicia urbana; pero el peligro nunca fue grande y los vecinos volvían a
sus labores prontamente. Lo que más los agitó fueron las querellas entre
el obispo y las autoridades civiles, todos celosos de sus prerrogativas y
todos acusados o acusadores en relación con los negocios de contrabando.
Así se desenvolvió, durante el siglo XVII y buena parte del XVIII, la vida
de Buenos Aires, la pequeña aldea en la que los viajeros advertían la vida
patriarcal que transcurría en las casas de techos de paja, en cuyos patios
abundaban las higueras y los limoneros. Allí vivían los más ricos,
rodeados de esclavos y sirvientes, orgullosos de sus vajillas de plata y
de los muebles que habían logrado traer de España o del Perú, y los más
pobres, ganando su pan en el trabajo de la tierra o en el ejercicio de las
pequeñas artesanías o del modesto conchavo. Una pequeña burocracia
comenzaba a constituirse con españoles primero y con criollos también mas
tarde. Y alrededor de la ciudad se organizaban lentamente las estancias de
los poseedores de la tierra, algunos de los cuales se lanzaban de vez en
cuando hacia el desierto, ayudados en su tarea de perseguir ganado
cimarrón por los mancebos de la tierra", criollos y mestizos que preferían
la libertad de los campos a la sujeción de una ciudad que no era de ellos
y que prefiguraban el tipo del gaucho.
Cada
cierto tiempo, un navío traía noticias de la metrópoli y del mundo.
Las más interesantes eran, naturalmente, las que tenían que ver con el
destino de la gobernación y especialmente las que se relacionaban con la
suerte de la costa oriental del Río de la Plata. Desde 1680 había allí una
ciudad portuguesa -la Colonia del Sacramento- que se había convertido en
la puerta de escape del comercio de Buenos Aires. Artículos
manufacturados, preferentemente ingleses, y algunos esclavos se canjeaban
por el sebo y los cueros que proveía la pampa. Pero precisamente por esa
posibilidad, la suerte de la Colonia fue muy cambiante. Una y otra vez las
pobres fuerzas militares de Buenos Aires se apoderaron de ella, pero
tuvieron que cederla luego a causa de los acuerdos establecidos entre
España y Portugal. En 1713, por el tratado de Utrecht, lograron los
ingleses autorización para introducir esclavos; y en connivencia con los
portugueses organizaron metódicamente el contrabando con Buenos Aires. El
tráfico entre las dos orillas del río se hizo tan intenso que los
portugueses se creyeron autorizados para extender aún más sus dominios.
Pero España reaccionó enérgicamente y encomendó al gobernador Bruno
Mauricio de Zabala que los contuviera. Zabala fundó Montevideo en 1726, y
las ventajas de ese puerto lo transformaron pronto en el centro de las
operaciones navales en el Río de la Plata. Muy poco después Montevideo se
consideró un competidor de Buenos Aires.
En el
norte, de espaldas al Río de la Plata y mirando hacia Lima las ciudades
del Tucumán progresaban más lentamente. Córdoba, la más importante de
ellas, apenas llegaba al millar de habitantes; pero tenía ya desde 1622
una universidad cuya fundación había promovido fray Hernando de Trejo y
Sanabria y veía levantarse la fábrica de su catedral el más atrevido y
suntuoso de los templos de la colonia. A diferencia de las comarcas
rioplatenses, abundaban en el Tucumán los indios labradores y mineros. El
contacto entre las poblaciones autóctonas y los españoles fue allí intenso
y dramático. Hubo uniones entre españoles y mujeres indígenas, unas veces
legítimas y otras no, que originaron la formación de una nutrida y
singular población mestiza. Pero hubo sobre todo relaciones de dependencia
muy severas entre indios y encomenderos. En los cultivos -el trigo, el
maíz, la vid, el algodón- y en las industrias, unas tradicionales de la
región y otras nuevas, entre las que se destacaba la del tejido de lana y
de algodón, los indígenas trabajaban de modo agotador en beneficio del
encomendero. Más duro todavía era el trabajo que realizaban en las minas,
cuyo secreto sólo ellos poseían, no sin desesperación de los españoles. En
cambio, la cría de mulas que se enviaban al Perú en grandes cantidades, y
el traslado de vacunos desde la pampa constituían trabajos más livianos en
los que se ejercitaban preferentemente criollos y mestizos.
La
sistemática explotación de los indios, apenas amenguada ocasionalmente por
la influencia de algún funcionario o algún misionero, suscitó un sordo
rencor en los naturales del país. Unas veces se manifestó en la
negligencia para el trabajo, otras en la fuga desesperada y otras,
finalmente, en una irrupción violenta que desembocaba en la rebelión.
Hacia 1627, un vasto movimiento polarizó a los diaguitas y la nación
entera estalló en una sublevación contra los españoles. Diez años
necesitaron éstos para someter a los diversos caciques rebeldes, cuyos
hombres se extendían por todos los valles calchaquíes y amenazaban las
ciudades.
Algo
singular había en las relaciones entre los indios y los conquistadores del
Tucumán. La sospecha de que aquéllos conocieran la existencia de ricas
minas de metales preciosos movía a los conquistadores a intentar de vez en
cuando una aproximación benévola para tratar de sorprender sus secretos.
Acaso fue esta esperanza la que movió gobernador Alonso Mercado a confiar
en los proyectos de un imaginativo aventurero, Pedro Bohórquez, que se
decía descendiente de los incas y prometía, a cambio del título de
gobernador del valle calchaquí, la sumisión de los indios y los tesoros de
Atahualpa. Pero el virrey de Lima no aceptó el juego y los diaguitas, que
también habían puesto sus esperanzas en Bohórquez, volvieron a sublevarse
en 1685. Esta vez la lucha fue extremadamente violenta y duró varios años,
al cabo de los cuales los indios fueron vencidos y las diversas tribus
arrancadas de sus tierras y distribuidas por distintos lugares del Tucumán
y del Río de la Plata. Así se dispersaron los diaguitas, sin que los
españoles del noroeste argentino alcanzaran nuevos secretos sobre las
riquezas metalíferas de las montañas andinas.
Los
indios del Este también hostilizaron a las ciudades del Tucumán, a cuyas
vecindades llegaron los del Chaco. Pero más peligrosos fueron éstos para
los vecinos de Asunción, que estaba más próxima y se sentía, además,
amenazada por los mamelucos de la frontera portuguesa. En esa zona tenían
los jesuitas sus reducciones y allí se produjo también una sangrienta
insurrección indígena en 1753, cuando los guaraníes de los pueblos de las
misiones se resistieron a abandonarlos tal como lo mandaba el tratado
firmado entre España y Portugal, tres años antes. La lucha fue dura y
concluyó con la derrota de los guaraníes en las lomas de Caibaté en 1756.
Poco después, el gobernador del Tucumán, Jerónimo Matorras, consiguió
contener a los indios chaqueños que amenazaban su provincia. Esta lucha
intermitente y dura con los indios fue una de las preocupaciones
fundamentales de los conquistadores en las regiones que constituirían la
Argentina. Crecía el número de mestizos, ingresaban nutridos grupos de
esclavos negros, pero se deshacía la personalidad colectiva de las
poblaciones indígenas. En la llanura, se salvaron alejándose por las
tierras desiertas, disputando a los conquistadores la captura de los
ganados, que los indios desplazaban hacia sus propios dominios extendidos
hasta los valles chilenos. En el Tucumán, procuraban retraerse hacia los
valles más protegidos. Así, las ciudades recién fundadas fueron ínsulas en
medio de un desierto hostil. En el Río de la Plata, el gobernador Pedro de
Cevallos volvió a ocupar la Colonia del Sacramento en 1762, y la
diplomacia portuguesa volvió a recuperarla poco después.
El
contrabando continuó intensamente. Entre tanto, los cambios políticos e
ideológicos que se producían en España a fines del siglo XVIII
repercutieron en Buenos Aires cuando el conde de Aranda, ilustrado
ministro de Carlos III designó gobernador de la provincia a Francisco de
Paula Bucarelli. Reemplazaba a Cevallos, notorio amigo de los jesuitas,
con la misión de cumplir la orden de expulsar a éstos del Río de la Plata,
tal como la Corona lo había resuelto para todos sus dominios. La medida se
cumplió en 1766 y se fundaba en el exceso de poder que la Compañía de
Jesús había alcanzado.
Signo
de regalismo, la expulsión de los jesuitas reflejaba la orientación
política de Carlos III y de sus ministros. En Buenos Aires, un hecho tan
insólito tenía que dividir las opiniones. La ciudad alcanzaba los veinte
mil habitantes y comenzaba a renovar su fisonomía. Dos años antes se había
erigido la torre en el edificio del Cabildo y la fábrica de la catedral
comenzaba a avanzar. Las iglesias del Pilar, de Santo Domingo, de las
Catalinas, de San Francisco, de San Ignacio y otras más se levantaban ya
en distintos lugares de la ciudad, exhibiendo su fisonomía barroca. En la
Recova discutían los vecinos y comenzaban a polarizarse las Opiniones
entre los amigos del progreso y los amigos de la tradición. La llegada del
nuevo gobernador Juan José de Vértiz, criollo y progresista, acentuó las
tensiones que comenzaban a advertirse en el Río de la Plata. |