José Luis Romero

Breve Historia de la Argentina

 

Prefacio

La Era Indígena

Poblaciones Autóctonas

La Era Colonial

La conquista española y la fundación de las ciudades (siglo XVI)

La Gobernación del  Río de la Plata. (1617-1776)

La época del Virreinato (1776-1810)

La Era Criolla

La independencia de las provincias unidas (1810-1820)

La desunión de las provincias. (1820-1835)

La Federación (1835-1852)

Buenos Aires frente a la Confederación Argentina (1842-1862)

La República: Estabilización Política y cambio Económico social (1862-1880)

La Era Aluvial

La República Liberal (1880-1916)

La República Radical.(1916 -1930)

La República Conservadora (1930-1943)

La República de Masas (1943-1955)

La República en crisis - (1955-1973)

Pérdida y Recuperación de la República (1973- 1996)

Historia

IX. La República: Estabilización Política y cambio Económicosocial (1862-1880)

   Entre 1862 y 1880 transcurre el periodo clave de la historia argentina. Tres personalidades disímiles se sucedieron en el ejercicio de la presidencia: Mitre de 1862 a 1868, Sarmiento de 1868 a 1874 y Avellaneda de 1874 a 1880. Acaso eran distintos los intereses y las ideas que representaban: distintos eran también sus temperamentos; pero tuvieron objetivos comunes y análoga tenacidad para alcanzarlos: por eso triunfó la política nacional que proyectaron, cuyos rasgos conformarían la vida del país durante muchas décadas.

   Lo más visible de su obra fue el afianzamiento del orden institucional de la república unificada. Pero su labor fundamental fue el desencadenamiento de un cambio profundo en la estructura social y económica de la nación. Por su esfuerzo, y por el de los que compartieron con ellos el poder, surgió en poco tiempo un país distinto en el que contrastaría la creciente estabilidad política con la creciente inestabilidad social. A ese esfuerzo se debe el fin de la Argentina criolla.

   Como antes Urquiza, Mitre emprendió la tarea de organizar desde la base el Estado nacional, problema entonces más complejo que en 1854. Se requería un enfoque nuevo para sacar a las provincias del mutuo aislamiento en que vivían y para delimitar, dentro del federalismo, la jurisdicción del Estado nacional. Esa tarea consumió ingentes esfuerzos y fue continuada por Sarmiento y Avellaneda, acompañándolos en su labor una minoría culta y responsable, que había hecho su experiencia política en la época de Rosas y en los duros años del enfrentamiento entre Buenos Aires y la Confederación. Desde los ministerios, las las bancas parlamentarias, las magistraturas y los altos cargos administrativos, un conjunto coherente de ciudadanos desplegó un mismo afán orientado hacia los mismos objetivos.

   La cuestión más espinosa era la de las relaciones del gobierno nacional con el de la provincia de Buenos Aires, del que aquél era huésped, y con el que hubo que ajustar prudentemente innumerables problemas. Pero no fue menos grave la del establecimiento de la jurisdicción nacional frente a los poderes provinciales. Además, las relaciones entre las provincias ocasionaron delicados problemas, empezando por el de los límites entre ellas. Los caminos interprovinciales, las mensajerías, los correos y los telégrafos requirieron cuidadosos acuerdos. Fue necesario suprimir las fuerzas militares provinciales y reorganizar el ejército nacional. Hubo que ordenar la hacienda pública, la administración y la justicia federal. Fue necesario redactar los códigos, impulsar la educación popular, hacer el primer censo nacional y vigilar el cuidado de la salud pública. Todo ello cristalizó en un sistema de leyes y en un conjunto de decretos cuidadosamente elaborados en parlamentos celosos de su deber y de su independencia. Hubo discrepancia pero en lo fundamental, predominaron las coincidencias porque el cuadro de la minoría que detentaba el poder era sumamente homogéneo: una burguesía de estancieros que alternaban con hombres de profesiones liberales

generalmente salidos de su seno, con análogas experiencias, con ideas coincidentes sobre los problemas fundamentales del país, y también con análogos intereses privados.

   Hubo, sin embargo, graves enfrentamientos políticos en relación con los problemas que esperaban solución.

Triunfante en Pavón, Mitre representó a los ojos de los caudillos provincianos una nueva victoria de Buenos Aires; y aunque sanjuanino, Sarmiento ofrecía análoga fisonomía. Para los hombres del interior, el acuerdo entre Urquiza y los porteños fue una alianza entre las regiones privilegiadas del país y poseedoras de la llave de las comunicaciones. Contra ella el caudillo riojano Angel Peñaloza, el "Chacho", encabezó la última insurrección de las provincias mediterráneas, pero las fuerzas nacionales lo derrotaron a fines de 1863. Igual suerte cupo a los federales de Entre Ríos encabezados por López Jordán cuando se sublevaron contra Urquiza y lo asesinaron en 1870.

   Pero no fueron éstas las únicas preocupaciones internas. Una vasta región del país estaba de hecho al margen de la autoridad del Estado y bajo el poder de los caciques indígenas que desafiaban a las fuerzas nacionales y trataban con ellas de esa manera singular que describió Lucio Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles. En 1876, Adolfo Alsina, ministro de guerra de Avellaneda, intentó contener los malones ordenando cavar una inmensa zanja que se extendía desde Bahía Blanca hasta el sur de la provincia de Córdoba. Pero fue inútil. Sólo la utilización del moderno fusil permitió al general Roca, sucesor de Alsina en el ministerio, preparar una ofensiva definitiva. En 1879 encabezó una expedición al desierto y alejó a los indígenas más allá del río Negro, persiguiéndolos luego sus fuerzas hasta la Patagonia para aniquilar su poder ofensivo. La soberanía nacional se extendió sobre el vasto territorio y pudieron habilitarse dos mil leguas para la producción ganadera, con lo que se dio satisfacción a los productores de ovejas que reclamaban nuevos suelos para sus majadas.

   Entre tanto, la provincia de Buenos Aires procuraba defender su posición dentro de la nación unificada. Bajo la presidencia de Mitre -un porteño-, Buenos Aires tuvo la sensación de que, aun obligada a conceder las rentas de su aduana, volvía a triunfar en la lucha por el poder. Pero la firme política nacionalista del presidente se opuso resueltamente a ese triunfo. Estaba en pie el problema de la residencia del gobierno nacional, que Mitre aspiraba a fijar en la provincia de Buenos Aires, pero al precio de federalizarla como había pretendido Rivadavia. La situación se hizo muy tensa en vísperas de las elecciones de 1868, porque las provincias apoyaron a Sarmiento contra el candidato mitrista y solo consintieron en incorporar a la fórmula al jefe del autonomismo porteño, Adolfo Alsina, en calidad de vivepresidente Cuando seis años más tarde volvió a plantearse la cuestión presidencial, las oligarquías provincianas, apoyadas por Sarmiento, se opusieron a la candidatura de Mitre y propusieron el nombre de Avellaneda, a quien, por un acuerdo, acompañó otra vez en la fórmula un autonomista bonaerense, Mariano Acosta. Mitre advirtió entonces que las oligarquías provincianas progresaban en la conquista del poder más rápidamente de lo que él esperaba, y se rebeló contra el gobierno desencadenando una revolución en 1874. El movimiento porteño fue vencido y Nicolás Avellaneda, tucumano y partidario decidido de la federalización de Buenos Aire subió a la presidencia. Cuando a su vez, concluía su mandato en 1880, adoptó la resolución de poner fin al problema de la capital de la República al tiempo que ofrecía su apoyo a la candidatura provinciana del general Roca contra la del gobernador de Buenos Aires, Carlos Tejedor. Las fuerzas en conflicto se prepararon para la lucha y poco después estalló la revolución. Pero la Guardia Nacional bonaerense, que

Tejedor había preparado pacientemente para este choque que juzgaba definitivo, cayó derrotada por el ejército nacional en junio de 1880. Poco después, el 20 de septiembre, una ley del Congreso Nacional convirtió a la ciudad de Buenos Aires en la capital federal de la República.

   Con ese paso quedaba cerrado un ciclo de la vida argentina, que había girado alrededor de las relaciones entre el puerto de Buenos Aires y el país. Cuando comenzaron a declinar las posibilidades de la industria del saladero, los ganaderos progresistas que aspiraban a llegar al mercado europeo con productos capaces de competir en él procuraron controlar la política aduanera de la Nación. Por su parte, y aunque menos influyentes, algunos sectores interesados en el desarrollo industrial perseguían el mismo fin para proteger el desarrollo de las manufacturas. Y, entre tanto, agitaba a la opinión del interior del país el problema de la distribución de las rentas nacionales. Según los intereses y las opiniones el país seguía dividido en tres áreas claramente diferenciadas: Buenos Aires, las provincias litorales y las provincias interiores, y a esta división correspondía el juego de los grupos políticos desde la independencia y más acentuadamente desde 1852.

   Dos grandes partidos se enfrentaban, en principio, desde esa última fecha: el Partido Federal, que agrupaba a las oligarquías provincianas y presidía Urquiza, y el Partido Liberal, que encabezaban los antiguos emigrados y predominaba en Buenos Aires. El primero era unánime en cuanto a sus principios políticos y económicos: federalismo, libre navegación de los ríos y nacionalización de las rentas aduaneras. El segundo, en cambio, se dividió en Buenos Aires entre los autonomistas -que encabezó Valentín Alsina y reivindicaban su aduana para su provincia- y los nacionalistas, que encabezó Mitre y consentían en la nacionalización de los privilegios económicos de Buenos Aires.

   Unificada la República, los partidos pactaron: autonomistas porteños acompañaron a Sarmiento y a Avellaneda, impuestos por las mayorías provincianas. La ventaja era cada vez mayor para el Partido Federal, informe por cierto, pero en marcha hacia la organización que alcanzaría más tarde con el nombre de Partido Nacional. A sus manos iría a parar el destino de la República y en sus filas se fueron agrupando con distinto grado de entusiasmo todas las minorías, porteñas o provincianas, que aspiraban al poder, Sólo pequeños grupos disidentes lo enfrentaron, a los que resistió mientras no se hicieron visibles otros problemas inéditos en la política del país.

   La Argentina comenzaba a mirar resueltamente hacia el exterior. Los compromisos contraídos en vísperas de Caseros y los intereses internacionales en la cuenca del Plata condujeron al país a la guerra con el Paraguay. La Argentina, el Uruguay y el Brasil combatieron contra el mariscal Francisco Solano López desde 1865 hasta 1870 y lo derrotaron en una contienda que en la Argentina fue muy impopular. Hecha la paz, la Argentina declaró que "la victoria no da derechos". Por lo demás, sus intereses se volvían cada vez más decididamente hacia Europa, donde las transformaciones técnicas y sociales estaban creando nuevas y pro misorias oportunidades para los productores argentinos.

   Mientras decrecía la demanda de carnes saladas en los países esclavistas, aumentaba la de lana y cereales en los países industrializados, que desarrollaban una vigorosa industria textil y preferían dedicar sus majadas a la alimentación de los densos núcleos urbanos que el desarrollo industrial contribuía a concentrar. Lana y cereales fueron, pues, los productos que pareció necesario producir. Poco a poco fue venciéndose la resistencia de los saladeristas, debilitados por la competencia de ganaderos más progresistas -ingleses muchos de ellos- que habían comenzado a cruzar sus vacunos y sus lanares con reproductores de raza importados de Europa y a cercar sus campos para asegurar la cría y la selección. Ahora, unificada la nación, la economía del país adoptó decididamente esa orientación que ofrecía extraordinarias posibilidades.

   Pero este cambio de orientación suponía considerables dificultades. Se basaba en una teoría sobre la vida del país

sobre el papel que la economía desempeñaba en ella; la habian elaborado cuidadosamente los emigrados: Alberdi, preocupado por el problema de la riqueza y que había expuesto sus ideas en su estudio sobre el Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina, Sarmiento, atento a las formas de la vida social y que había desarrollado su pensamiento en el Facundo. Cuando llegaron al poder y durante los dieciocho años que transcurren desde 1862 hasta 1880, pusieron esa teoría en acción para sustituir la tradicional estructura economicosocial del país por una distinta que asegurara otro destino a la nación. Así desencadenaron una revolución fundamental, precisamente cuando ponían fin al ciclo de las revoluciones políticas.

   El paso más audaz en la promoción del cambio económico social fue la apertura del país a la inmigración. Hasta 1862 el gobierno de la Confederación había realizado algunos experimentos con colonos a los que aseguraba tierras. Desde esa fecha, en cambio, la República comenzó a atraer inmigrantes a los que se les ofrecían facilidades para su incorporación al país, pero sin garantizarles la posesión de la tierra: así lo estableció taxativamente la ley de colonización de 1876, que reflejaba la situación del Estado frente a la tierra pública, entregada sistemáticamente a grandes poseedores. La consecuencia fue que los inmigrantes que aceptaron venir se reclutaron en regiones de bajo nivel de vida --especialmente en España o Italia—y de escaso nivel técnico.

   Esta circunstancia, unida a la magnitud de la corriente inmigratoria, caracterizó el impacto que la inmigración produjo ya en los dieciocho años anteriores a 1880. Los inmigrantes tenían escasas posibilidades de transformarse en propietarios y se ofrecieron como mano de obra, en algunos casos yendo y viniendo a su país de origen. El saldo inmigratorio fue de 76.000 inmigrantes en la década de 1860 a 1870 y de 85.000 en la década de 1870 a 1880. Pero desde el primer momento la distribución tuvo una tendencia definida y la corriente inmigratoria se fijó preferentemente en la zona litoral y en las grandes ciudades. Sólo pequeños grupos se trasladaron al centro y al oeste del país y más pequeños aún a la Patagonia, donde aparecieron en 1865 las colonias galesas de Chubut, y más tarde los grupos de productores de ovejas de Santa Cruz. En cambio Buenos Aires, que contaba con 150.000 habitantes en 1865 pasó a tener 230.000 en 1875. Así comenzó a acentuarse intensamente la diferenciación entre el interior del país y la zona litoral, antes contrapuestas por sus recursos económicos y ahora también por sus peculiaridades demográficas y sociales.

   Las consecuencias de esa política fueron previstas en alguna medida, pero sus resultados sobrepasaron todas las previsiones. La agrupación de las colectividades insinuaba la formación de grupos marginales, ajenos a los intereses tradicionales del país y orientados exclusivamente hacia la solución de los problemas individuales derivados del trasplante. El "gringo" adoptó un comportamiento económico que contrastó con la actitud del criollo, y José Hernández recogió el resentimiento de los grupos nativos frente a la invasión extranjera en su poema gauchesco Martín Fierro, publicado en 1872. El Estado no buscó el camino que podía resolver el naciente problema, que era el de transformar a los inmigrantes en poseedores de la tierra; sólo se propuso, para asimilar al menos a sus hijos, un vasto programa de educación popular.

   Tal fue el sentido de las preocupaciones educacionales del gobierno nacional, especialmente en cuanto a la instrucción primaria. Mitre y su ministro Eduardo Costa procuraron impulsarla; pero aún se preocuparon más en contribuir a Ia  formación de las minorías directoras, creando institutos de educación secundaria. En 1863 se fundó el Colegio Nacional de Buenos Aires, cuyos estudios fueron orientados y dirigidos por Amadeo Jacques; y al año siguiente se dispuso la creación de institutos análogos en Catamarca, Tucumán, Mendoza, San Juan y Salta. La obsesión de Sarmiento, en cambio, fue alfabetizar a las clases populares, "educar al soberano", hacer de la escuela pública un crisol donde se fundieran los diversos ingredientes de la población del país, sometida a intensos cambios y a diversas influencias. Era promover un cambio dentro del cambio. Para alcanzar ese objetivo fundó innumerables escuelas dentro de la jurisdicción nacional y propició en 1869 una ley que otorgaba subvenciones a las provincias para que las crearan en las suyas. Un censo escolar que Sarmiento ordenó realizar mostró la existencia de un 80% de analfabetos en el país, y sus resultados predispusieron los ánimos para la vasta obra de educación popular que emprendió. La fundación de la Escuela Normal de Paraná en 1870 y la creación de bibliotecas públicas completó su labor. Entre tanto, la Universidad de Buenos Aires demostraba nuevas preocupaciones. Juan María Gutiérrez, Vicente Fidel López y Manuel Quintana ejercieron por entonces su rectorado, y durante el largo período en que lo desempeñó el primero fue creado el departamento de ciencias exactas en 1865; de allí salieron los primeros ingenieros que habrían de incorporarse poco después a los trabajos que el país requería para su transformación.

   Pero pese al vigor del plan educacional, no podía esperarse de él que contuviera las inevitables consecuencias de la política estatal con respecto a la tierra y a la inmigración. Hubo un crecimiento acelerado de la riqueza, pero ésta se concentró en pocas manos. Los estancieros que tan fácilmente habían logrado grandes extensiones de tierra se volcaban a la producción intensiva de la lana que requería el mercado europeo. El proceso de intensificación de la de ovinos había comenzado en 1860, y cinco años después la Argentina ocupaba un lugar privilegiado entre los exportadores de lana. Sesenta millones de ovinos, distribuidos en campos que comenzaban a alambrarse aceleradamente aseguraban una fructífera corriente de intercambio con puertos de Europa. Francia y Bélgica eran las principales consumidoras de esa producción; pero el saldo favorable que esas exportaciones dejaban se invertía preferentemente en productos manufacturados ingleses. El comercio exterior, que en 1861 tenía un volumen total de 37 millones pesos, ascendió a 104 millones en 1880, sin que todavía hubiera alcanzado a tener sino escasísima importancia en exportación de cereales, cuya producción apenas comenzaba a sobrepasar el nivel de autoabastecimiento de harina.

   La política librecambista predominaba, en perjuicio de las actividades manufactureras. Pese a los esfuerzos de Sarmiento para estimular las extracciones mineras y en especial la del carbón, los resultados fueron escasos. Una fábrica que pretendió instalarse en 1873 para producir tejidos de lana debió cerrar al poco tiempo ante la imposibilidad de competir con los artículos importados. Sólo la explotación ferroviaria y los talleres de imprenta alcanzaron cierto grado de organización industrial. Desde 1857 existía una organización obrera: la Sociedad Tipográfica Bonaerense exclusivamente de ayuda mutua; pero en 1878 se constituyó la Unión Tipográfica como organización gremial para luchar por la disminución de los horarios de trabajo a aumento de los salarios. Ese mismo año se declaró la primera huelga obrera, gracias a la cual se fijó una jornada diez horas en invierno y doce en verano. Pero la industria no tenía perspectivas. En la exposición industrial de Córdoba que se realizó en 1871, Sarmiento señaló, al inaugurarla, la ausencia casi total de otras manufacturas que no fueran las tradicionales. Y a pesar de que en 1876 se intentó establecer algunas tarifas proteccionistas, el mercado de productos manufacturados siguió dominado por los importadores, con lo que se acentuaba el carácter comercial y casi parasitario de los centros urbanos que crecían con la inmigración.

   En cambio, la construcción de los ferrocarriles creó una importante fuente de trabajo para los inmigrantes y desencadenó un cambio radical en la economía del país. Durante los dieciocho años que preceden a 1880 se construyeron 2516 kilómetros de vías férreas. Tres compañías argentinas —una privada y dos estatales— y siete compañías de capital extranjero hicieron las obras. El Ferrocarril del Oeste llegó por entonces hasta Bragado y Lobos; el Central Córdoba unió Rosario con Córdoba en 1876; y el Andino se desprendió de esa línea para dirigirse hacia el oeste. Esas compañías eran de capital nacional. Las de capital extranjero unieron a Buenos Aires con Azul y Ayacucho —una de ellas, el Sur— otra a Rosario con Córdoba— el Central Argentina— y otras unieron distancias menores en las provincias de Buenos Aires y Entre Ríos. Eran empresas de capital inglés preferentemente y realizaron un pingue negocio, porque recibieron tan vastas extensiones de campo a los costados de sus vías que agregaron a la explotación ferroviaria el negocio de venta de tierras. Eran éstas las que más se valorizaban por la acción del ferrocarril, y así nació un nuevo motivo de especulación que fue nuevo obstáculo para la política colonizadora.

    Buenos Aires fue la principal beneficiaria del nuevo desarrollo económico. La ciudad se europeizó en sus gustos y en sus modas. El teatro Colón, entonces frente a la plaza de Mayo, constituía el centro de la actividad social de una minoría rica que comenzaba a viajar frecuentemente a París.

   Federalizada en 1880, pese a la oposición de los autonomistas encabezados por Leandro N. Alem, Buenos Aires siguió siendo el mayor emporio de riqueza de la nación. Cosmopolita su población, renovadora su arquitectura, cultas sus minorías y activo su puerto, la Capital ponía de manifiesto todos los rasgos del cambio que se operaba en el país.


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