José MARÍA
RoSA

Los Últimos Años Españoles

HISTORIA
ARGENTINA

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de 1808


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políticas en
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España en
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del Alto Perú


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Los últimos
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Historia


 

EL CARLOTISMO

La regencia "legítima" de España.

Como las renuncias al trono de España de Fernando y sus hermanos eran forzadas, para los legitimistas españoles carecían de valor; Fernando quedó en Valençay y los otros príncipes en diversos castillos bajo la custodia de los franceses, y por tanto no podían, ni aquél ejercer su derecho a reinar, ni éstos hacerlo como regentes o sucesores. En nombre del "Deseado" gobiernan las juntas que se levantan en España. Pero ¿hasta qué punto era legítima su invocación a la soberanía? Lo hacían en nombre de un derecho popular que anteponían a otra consideración; para los legitimistas, admitirlo era aceptar el principio revolucionario de encontrarse en el pueblo la fuente de la soberanía y no en el derecho divino de los reyes. Si Fernando estaba incapacitado para reinar, y sus hermanos varones para tomar en su nombre la regencia según el orden de sucesión, su hermana mayor, Carlota Joaquina, casada con Juan, príncipe heredero y regente de Portugal, se hallaba en Río de Janeiro en condiciones de asumirla. No sólo era el pariente, en libertad, más próximo a Fernando, sino una posible heredera, pues la ley sálica francesa que impedía reinar a las mujeres, establecida en España en tiempos de Felipe V, había sido abrogada por Carlos IV en ocasión, precisamente, del casamiento de Carlota con Juan de Portugal y en la esperanza de una unión dinástica de la península, a la manera de Castilla y Aragón en tiempo de los Reyes Católicos.

El principio legitimista era un arma poderosa a la disposición de Inglaterra y Portugal. Aquélla la podía usar contra las "juntas" españolas si no se mostraban complacientes, amenazándolas con reconocer a Carlota y establecerla en Buenos Aires; éste en la esperanza de crear el "imperio americano" de Souza Coutinho con la unión dinástica de Latinoamérica.

Había un obstáculo, que Coutinho se había puesto en el camino: sus notas intimidatorias y su política prepotente en el Plata. Por más que quisiera borrar con el codo lo que había escrito con la mano y vertiera dulzura en su correspondencia con los hombres del Plata, la herida era dolorosa. Nada que viniese de Portugal, menos gobernando Coutinho, sería aceptado, aunque llegase envuelto en el celofán de una regencia a nombre del "Deseado".

La comedia de la "Infanta de España" fue preparada por Coutinho. Es cierto que Carlota y su marido no formaban un matrimonio  ejemplar, y en 1806 ella había estado por declararlo loco —como a su madre— y asumir la regencia portuguesa, y que la vida de la Infanta en el palacio de Queluz, cerca de Lisboa, no había sido un modelo de fidelidad, ni lo era la llevada en Río de Janeiro. Pero esto eran menudencias que ocurrían en todos los matrimonios reales y sobre todo en los borbónicos; Carlota no era peor ni mejor que cualquier otra princesa de su familia, incluida su madre María Luisa de España y su prima María Carolina de Nápoles. Pero a Coutinho le convenía hacer pública una separación conyugal entre los esposos para dar la sensación que Portugal no pesaba en las determinaciones de Carlota. Por lo pronto se le empezó a dar el tratamiento de Infanta" española y no el de "Princesa Real" portuguesa; se la hizo vivir en un palacio de la playa Botafogo en lugar de compartir con su esposo el palacio real de San Cristóbal. En Botafogo firmaría la "Justa Reclamación" de sus derechos y el "Manifiesto" a los pueblos hispanoamericanos anunciándose como regente a nombre de Fernando VII que luego veremos.

Claro que una comedia así —digna de la idea de Coutinho sobre la perspicacia de los hispanoamericanos— sólo podía engañar a los carlotistas de Buenos Aires.

Sydney Smythe versus Sydney Smith.

En setiembre de 1808 otro juego de intrigas se agitó en la inquieta corte de Río de Janeiro con relación a la política inglesa. Por una parte, el embajador Sydney Smythe, lord Strangford, obraba con instrucciones de Canning, canciller inglés; por la otra, el vicealmirante Sydney Smith, jefe de la estación naval británica, actuaba —a lo Popham— por una interpretación personal de la política inglesa. Strangford frenaba las aspiraciones expansivas de Coutinho, ya que Inglaterra no tenía interés en la conquista, por ella o su aliada, de América española. Para el embajador el propósito de llevar a Carlota a Buenos Aires, era bueno como amenaza a las Juntas españolas y así manejarlas mejor, pero no debería materializarse. En cambio, el vicealmirante, independiente del Foreign Office —como era tradición lo fueran los jefes navales—, impulsaba el proyecto con entusiasmo y convicción; que si las cosas andaban bien el triunfo sería del Reino Unido, y si fueran mal el vicealmirante respondería. Parece que Castlereagh, ministro de guerra, lo apoyaba; en cambio Canning, ministro de relaciones exteriores, sostenía la política de Strangford.

El marino se entusiasmó con la regencia de Carlota apoyada en la armada inglesa: una manera de alejar al francés Liniers, sacar un favorable tratado de comercio y, de paso, aislar a la Infanta de Coutinho y los suyos haciéndolo servir exclusivamente al interés de los británicos. Como Coutinho no tuvo bastante confianza en Carlota quiso ponerle un "seguro" acollarándola con el infante Pedro Carlos, hijo del ya fallecido Gabriel de Borbón, hermano de Carlos IV y la princesa de Beira portuguesa, que había llegado a Brasil con la familia real. Pedro Carlos conjuntamente con Carlota también reclamaría sus derechos a la Regencia (de esta manera si Carlota se desviaba, podía eliminársela con su pariente) y podría establecerse en Buenos Aires o Lima en representación de Carlota sin renunciar "a sus derechos eventuales".

Pedro Carlos de Borbón y Braganza, nieto segundón de Carlos III, no tenía titulo para reclamar la sucesión española contra los mejores derechos de Carlota, hermana de Fernando VIL Ni siquiera aceptándose la ley sálica, pues era preferente el vínculo de su tío Fernando IV, rey de Nápoles, hermano de Carlos IV de España, que en esos momentos resistía a Napoleón en Sicilia apoyado en la escuadra inglesa. Descontando, claro es, a los hermanos de Fernando —Carlos y Francisco— bajo el control de Napoleón.

La "Justa Reclamación" (19 de agosto).

Con la firma do Carlota y Pedro Carlos y dirigido al regente Juan, se redacta el 10 do agosto el documento básico del carlotismo. Ambos "infantes" representantes de la Casa Real de España, suplicaban al regente de Portugal que protegiera su causa "contra la propagación del sistema usurpador de Napoleón ... por ser los más inmediatos deudos del rey de España ... (a fin de) asegurar sus derechos combinándose con las fuerzas inglesas, portuguesas y españolas para impedir que los franceses practiquen en América las mismas violencias y subversiones que cometieron contra casi toda Europa... interesando al almirante de Inglaterra ... disponga sus fuerzas navales ... proteja el río de la Plata franqueándoles recursos y avisos a los jefes, autoridades y magistrados en estos dominios".

El mismo día (19 de agosto), el regente acepta “la saludable combinación" de su esposa y su sobrino "en bien de los españoles que son fieles a la Corona". Tres días después, Carlota y Pedro Carlos dan sendos Manifiestos "a los leales y fieles vasallos del Rey Católico de las Españas e Indias".

La minuta de los "Manifiestos" de fecha 11 de agosto fue redactada por Coutinho y llevada a la aprobación de Sydney Smith con la "Justa Reclamación". Aquéllos fueron traducidos al castellano por el Dr. (al menos así se titulaba) José Presas y Marull, catalán educado en Buenos Aires, fugado para eludir responsabilidades por su anglofilia cuando la ocupación de Beresford, y que Sydney Smith había puesto de secretario a Carlota.

La "Justa Reclamación", la aceptación del regente y ambos "Manifiestos" se imprimieron en Río de Janeiro y circularon en toda América española. Fueron remitidos a los virreyes, audiencias, gobernadores, capitanes generales, intendentes, arzobispos, obispos, consulados, cabildos seculares y eclesiásticos y personas de representación, acompañados de cartas de Carlota. A Buenos Aires escribió la princesa a Liniers, la audiencia, consulado, ambos cabildos, fray Francisco Chambo, Juan de Almagro y Sobremonte (preso en su quinta de San Fernando).

Juan de Almagro, después asesor del virreinato en tiempo de Cisneros, era un amigo de Presas que quedó ligado en primera fila al "carlotismo".

Los documentos estuvieron en Buenos Aires el 13 de setiembre. Fue tan extraño que papeles de esa importancia llegaran con un emisario insignificante —un tal Carlos Güezzi— y distribuidos a la volanta, que muchos dudaron de su autenticidad.

El Manifiesto de Carlota historiaba la abdicación de Carlos IV (decía que aquélla era nula), declaraba ser "una depositaría y defensora de estos derechos" para "restituirlos al legal representante de mi Augusta Familia", y pedía a los hispanoamericanos "mantenerse en orden y lealtad hasta que mi amado primo, el Infante Don Pedro Carlos, u otra persona, llegue entre vosotros interinamente para arreglar los asuntos de gobierno".

El de Pedro Carlos hacía la reserva de "guardar los derechos de antelación y preferencia" incluso del rey de Nápoles, "según el orden de sucesión prefijado por las leyes fundamentales de la monarquía".

Había el error fundamental de basar la reclamación "en la abdicación de Carlos IV" y no en la prisión y forzada renuncia de Fernando, que hacia pensar se quería suplantar a éste, y la contradicción —dejada de propósito por Coutinho— de sostener conjuntamente ambos su legitimidad: una por la pragmática de Carlos IV, y el otro por la ley sálica.

Efecto en Buenos Aires.

La Reclamación, Manifiestos y cartas llegaron en mal momento. Curado acababa de mandar su nota del 2 de setiembre que anunciaba una próxima invasión portuguesa. Lo había hecho por su cuenta y movido por el despecho de su larga antesala en Montevideo, pero contribuía a que no se tomase como pacífico lo que venía de Río de Janeiro.

El cabildo contestó el mismo 13. Hizo hincapié en que llamar "obligada" la abdicación de Carlos IV era "ofensivo a la rectitud, al modo de pensar y nobilísimo porte y sentimientos de nuestro Amado Soberano (Fernando VII)", protestó contra la "ingerencia en estas posesiones" de la corte portuguesa y rechazó los documentos mientras no se dirijan "por los respetables conductos de la Junta instituida para el gobierno de la Nación".

En setiembre de 1808 no se había establecido la Junta Central de Aranjuez, única que pudo atribuirse jurisdicción sobre la "nación"; el cabildo se refiere a la "Suprema de Sevilla", exclusivamente provincial pero que acababa de ser reconocida erróneamente como "gobierno nacional" debido a Goyeneche.

El virrey, previo real acuerdo de la audiencia, contestó días más tarde: "Después —decía— de haber jurado la majestad del Sr. D. Fernando VII y reconocido la Junta Suprema de Sevilla que lo representa, nada se puede innovar a nuestra presente constitución". En el mismo sentido lo hacen el consulado, audiencia y cabildo eclesiástico. Liniers responde a la carta particular de Carlota diciendo que se disponía a informar a Río de Janeiro la jura de Fernando VII y reconocimiento de la junta sevillana cuando llegaron "unas propuestas tan atentatorias (de Curado) al derecho general de gentes, y tan contradictorias... (con lo que decía la Infanta que) ... sin este apreciable requisito hubiese tomado semejante insinuación por una formal declaración de guerra".

La reclamación había fracasado en Buenos Aires, lo mismo ocurrió en Montevideo y el interior. Algunos días después —30 de setiembre— llegan duplicados de los documentos con cartas de Coutinho donde, con su indiscreción habitual, se permitía decir que "sus Altezas Reales los recompensarían con la generosidad que es natural en sus grandes almas". El cabildo se negó a contestar, y los demás se remitieron a lo dicho. Más tarde vendrían más circulares destinadas a los jefes de regimientos y gobernadores; entonces la audiencia protestó contra "la insistencia de aquella Corte (ya no hablaba de los Infantes) en comunicarse con los gobernadores y demás personas de estas provincias".

Goyeneche, que estaba en Buenos Aires al llegar el aluvión de mensajes, manifiestos y reclamaciones, escribió a la Infanta informándole sobre la resistencia española y su participación en ella, su misión en "América y Canarias" y le dijo que estaba dispuesto a "trabajar por su causa". Fue al norte, hallándose a fin de octubre en Charcas, donde dio copias a la audiencia y arzobispo.

Felipe Contucci y los alumbrados porteños.

Vivía en Montevideo, casado con una propietaria oriental, un portugués de ascendencia florentina llamado Felipe Da Silva Telles Contucci. Hombre culto, de maneras fáciles y trato amable, hizo amistad con el brigadier Curado durante la larga estadía de éste en la ciudad oriental. Curado lo pone en contacto con Coutinho como persona de influencia en Buenos Aires; Coutinho le encarga buscar apoyos. Como la Reclamación había sido unánimemente rechazada, buscó prosélitos entre los "jóvenes de luces". Hizo amistad con Manuel Belgrano, y le pintó un panorama a la medida de sus sueños: si los jóvenes apoyaban la regencia de Carlota o de Pedro Carlos rechazada por las autoridades, como ésta habría de establecerse de cualquier manera por el auxilio inglés, tendrían preferencia en el nuevo gobierno. Por otra parte, la estada de Pedro Carlos podía ser permanente, y Buenos Aires pasaría a ser metrópoli. No se necesitaba más para entusiasmar a quienes se veían postergados por los funcionarios de ultramar, los capitulares de Álzaga o los negociantes que rodeaban a Liniers. Por otra parte, el reconocimiento a la Junta de Sevilla los había herido en su sentimiento criollo y conocimiento de las leyes indianas: América no dependía de España sino del rey. Ahora la oportunidad les brindaba al "rey" en América en oposición a la burocracia de ultramar y tenderos sarracenos. Tomaron la pluma y escribieron a Carlota una adhesión entusiasta. Tuvieron buen cuidado de presentarse como monárquicos leales opuestos en todo "al republicanismo" de las Juntas.

Serenísima Señora: Cuando los habitantes, y en especial los naturales de este suelo, miraban rayar la aurora de la felicidad —empieza la carta—... se quedan sorprendidos de un resultado bien ajeno a los títulos legítimos en que ha podido V. A. R. fundar su pretensión... se ha decidido la repulsa de V. A. R. con pretextos demasiado débiles, motivos realmente intrigantes y con miras ocultas a la preponderancia del Sr. D. Fernando 7º... No es comparable la representación de la Junta de Sevilla con las de V. A. R. ni pueden ponerse entrambas en paralelo; aquélla es de mero hecho y ésta de conocido derecho... la duda del valor al acto de la incorporación a la Junta de Sevilla, cuando la América incorporada a la corona de Castilla es inherente a ella por la constitución... no se puede ver el medio de inducir un acto de dependencia de la América española a la Junta de Sevilla... Motivos intrigantes... baja desconfianza de imputar a personas tan calificadas como V. A. R. y demás de la Augusta Casa de Borbón la doble intención de que son incapaces... La América española uniendo el derecho de la Casa de Borbón al interés sólido de estos reinos... Pero los sujetos en cuya mano está el gobierno, los que por una constitución arbitraria se han introducido en sus deliberaciones... el crecido número de empleados de la administración publica... su interés viciado... han profanado la sana razón política prostituyéndose a las intrigas para prepararse una forma de gobierno que jamás se hallaría nombre en la política con que expresarla y perpetuar la opresión de la parte sana... constituirse en gobierno republicano so color de ventajas, inspirando estas ideas a los incautos o inadvertidos con el fin de elevar su suerte sobre la ruina de los débiles... los naturales o americanos ... por la prepotencia que les daría la posesión del monopolio... persuadiendo al común que entrando al gobierno en la Regencia el Sr. Infante Dn. Pedro, se apropiaría de estos reinos y no se restituirían a la corona de Castilla... ocultaban a los sensatos que cesaría la calidad de colonia, sucedería la ilustración en el país, la educación, civilización y perfección de costumbres, se daría energía a la industria y al comercio, se extinguirían aquellas odiosas distinciones entre ellos y los americanos, se acabarían las injusticias, las opresiones, las usurpaciones y dilapidaciones de las rentas, y un mil de males que dependen del poder que merced a la distancia del trono español se han podido apropiar... Si se prestaran a reconocer el gobierno del Sr. Infante D. Pedro deberían apartar a los viciosos, ignorantes y corrompidos de los cargos que indignamente ejercen… promover la instrucción de las clases, el fomento de la industria, el repartimiento de la fortuna, la elevación de los oprimidos beneméritos, y por regenerarse el sistema, quedarían deprimidos, más aún, desesperanzados por su ineptitud en alternar en las suertes de los destinos o en las artes del monopolio... En tal estado las cosas no han podido ser indiferentes a unos hombres amantes de la pública felicidad en todo sentido... (que esperan) que V. A. R. no abandone las ideas justas que ha manifestado... hacer que renazca en estos reinos la felicidad... Si V. A. R. tiene los medios y proporciones para ello... no podrá dudar que los amigos de la paz, quietud y felicidad en estos reinos harán por V. A. R. y el Sr. Infante Dn. Pedro Carlos cuanto les sugiere el amor sincero a su dulce gobierno... asegurando a V.A.R. que somos muchos los hombres de bien y de sano juicio con que puede contar... no obstante exponernos al riesgo de nuestra seguridad individual y a la suerte de nuestras familias... (firmado) Juan José Castelli, Antonio Luis Beruti, Hipólito Vieytes, Nicolás Rodríguez Peña, Manuel Belgrano. Bs. Ayres, septiembre 20 de 1808".

Junto a la carta los firmantes entregaron otras para el regente, Souza Coutinho y el infante Pedro Carlos, concebidas en análogos términos Poco antes de partir Contucci con ellas —el 13 de octubre—, Belgrano agrega una quinta para Coutinho a fin de apresurar el proyecto ante la posibilidad do que estallase y triunfara la revolución que luego ocurrió el 1 de enero de 1809: "No se difiera un instante la venida del Sr. Infante D. Pedro Carlos... hay peligro en la dilación... tememos que corra la sangre de nuestros hermanos. .. una rivalidad mal entendida y una vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia demócrata... (hay) que desbaratar en sus principios unas ideas de cuya ejecución se resentirá la humanidad en toda la América del Sur (firmado) Manuel Belgrano. Bs. Ayres, 13 de octubre".

Sydney Smith a cargo del proyecto.

Estaba en Río de Janeiro aquel James Burke que anduvo de espía disfrazado de alemán en Buenos Aires en 1804 y luego volvió de coronel inglés a las órdenes de Whitelocke. Como alto jefe del ¡ntelligence Service, se entusiasmó en el proyecto de Carlota, y consiguió que la princesa dejase de lado a Pedro Carlos —que era desprenderse de Coutinho— y se decidiera a ir personalmente a Buenos Aires. Pero Strangford se opuso.

Esa discrepancia entre los ingleses obliga al regente a citar al embajador y al vicealmirante para saber claramente si Inglaterra aceptaba o se oponía a que Carlota fuese a Buenos Aires como virreina o reina provisional de ¡as posesiones españolas. Sydney Smith, con sorpresa de Strangford, al manifestar su total conformidad dijo estar "munido de los más amplios poderes secretos para el arreglo de dichos negocios, por lo que no se consideraba autorizado a manifestarlas ni al propio ministro de S. M. Británica en esta Corte".

Se ha supuesto que Sydney Smith interpretó mal unas instrucciones de Castlereagh —así conformó Canning a Strangford—, aunque nunca se aclaró satisfactoriamente el episodio. Pero Strangford quedó triunfante en definitiva pues Smith sería removido al año siguiente. A título ilustrativo debe decirse que la vieja e íntima amistad de Castlereagh y Canning quedó quebrada en esos momentos: renunciaron ambos al gabinete para concertar un duelo en condiciones severísimas del que Canning quedó mal herido. En 1812 Castlereagh volverá como canciller; Canning solamente en 1821 después del suicidio de su antiguo amigo.

Sydney Smith, por el momento con libertad de actuar, buscó a Saturnino Rodríguez Peña, que vivía en Río de Janeiro de una pensión pasada por el gobierno inglés y de dolosos negocios de contrabando, para que redactase una "súplica" que firmarían los porteños "invitando" a la Infanta a ir a Buenos Aires. Así lo hizo: los americanos pedirían a la Serenísima Señora, etc., etc.... "les dispense la gracia y prueba de su generosidad dignándose trasladar al Río de la Plata donde aclamarán por su Regenta a la heredera de la inmortal reina Isabel, quien ciertamente tuvo la mayor parte en la conquista de América, en los términos que sean compatibles con la dignidad de la una y la libertad de los otros, convocando Cortes".

En carta a Miranda de 28-9-1809 Rodríguez Peña explica cómo lo llamó el vicealmirante y "después de muchas conferencias accedí y formé el borrador quo aprobó Sir Sydney en todas sus partes, pidiéndome lo remitiese y lo mandase circular acompañado de cartas de explicación". Rodríguez Peña le habría dicho a Smith que estaba totalmente de acuerdo en el proyecto "por las ventajas que se obtendrían para América de un gobierno local mejor, y de un comercio libre protegido por los poderes navales" (Sydney Smith a Castlereagh de 30-12-1808).

La aventura de Paroissien (noviembre).

Rodríguez Peña mandó a Buenos Aires al cirujano inglés James Paroissien con el proyecto de "petitorio", cartas de introducción a su hermano Nicolás para "mover" a Álzaga, Sobremonte, Castelli y otros personajes menos significantes de su relación (Félix Casamayor, Concepción Amores y María Jerónima Ribera). De paso, le daba mercaderías para introducir de contrabando con la franquicia del buque. Sus instrucciones son del 1 de noviembre de 1808.

En las instrucciones le recomendaba visitar primero a su hermano Nicolás, quien le indicaría la manera de llegar a Álzaga, Liniers, "el desgraciado virrey Sobremonte" y los demás que deberían participar del proyecto, "advirtiéndoles que por ningún motivo queremos causar revoluciones ni cosa semejante, sino hacer que se tomen medidas prudentes que, evitando todo desorden, se consiga el fin". Debería dejar entender "con aire orgulloso, que el plan se ha de realizar a pesar de alguna oposición que pueda haber, pero que siendo estas materias de lo más sagrada, no debe por ningún motivo revelar el secreto que se le ha confiado... decirles que no pasará mucho tiempo sin que lo sepan... debe prestar especial atención a los frailes, en particular a los franciscanos criollos a quien contraría compartir con los europeos los oficios y cargos de la Orden; a los mercedarios que van a Madrid para sus ascensos... (que) infaliblemente se prestarán a predicar a favor nuestro... (que) la sola ciudad de Buenos Aires que se declare independiente hallará con la mayor franqueza cuantos auxilios pueda necesitar... que estamos en tiempo de dar la ley".

Aquello era ingenuamente absurdo. Suponer a Álzaga, Sobremonte, Castelli y Nicolás Rodríguez Peña entreverados, sólo podía ocurrírsele a Saturnino. Tampoco se trataba ya de la regencia a nombre de Fernando VII, sino de una "independencia" con un apoyo secreto que el inglés no estaba autorizado a revelar.

Presas cuando supo que andaba Saturnino en el asunto, advirtió a Carlota que éste era una persona "mal vista" en Buenos Aires por haber hecho fugar a Beresford, saberse que vivía de una pensión del gobierno inglés y ser un "republicano" conocido. Sugirió a Carlota que denunciase a Liniers al enviado como medio de ganarse la buena voluntad del virrey. En el mismo buque donde iba Paroissien al río de la Plata, viajó un agente de Carlota con una carta que debería entregar al capitán a la llegada a fin de detener al cirujano e incautarse de su equipaje y correspondencia, y una nota para Liniers acusando a Paroissien de "llevar correspondencia tendiente al establecimiento de una imaginaria república, proyectada por una porción de hombres miserables y de pérfidas intenciones". Paroissien quedó detenido y las cartas fueron secuestradas. Se le hizo un proceso (Castelli sería su defensor); el fiscal pidió pena de muerte, pero no fue ejecutado porqué la Revolución de Mayo llegaría a tiempo. Resultaba peligroso meterse con Carlota, y lo ocurrido al cirujano debió llevar a la reflexión a sus partidarios de Buenos Aires.

Después Paroissien sería cirujano del Ejército del Alto Perú y director de la fábrica de pólvora de Córdoba; nuevamente cirujano en 1817, ahora del Ejército de los Andes, fue incorporado como coronel de artillería y alcanzaría a ser brigadier general del Perú nombrado por San Martin. Terminaría su vida de múltiples vocaciones como ingeniero de mina- en Potosí al servicio de compañías inglesas.


James Paroissien

James Paroissien, citado en América del Sur como Diego Paroissien (Essex, Inglaterra, noviembre de 1781 – † en alta mar, 1827), médico inglés que tuvo una destacada actuación en el proceso de la Independencia de la Argentina, de Chile y del Perú.

Su nombre original era James Paroissien, y descendía de lejanos antepasados de origen protestante francés. Se doctoró en medicina en 1806.

Al recibir la noticia del éxito de las Invasiones Inglesas al Virreinato del Río de la Plata, se embarcó como parte de la expedición que debía reforzar esa conquista. Cuando llegó allí, la ciudad de Buenos Aires había sido reconquistada por su propia población; asistió a la captura de Montevideo, donde se instaló como médico y comerciante. Cuando, tras el nuevo fracaso en Buenos Aires, los ingleses abandonaron también Montevideo, se embarcó hacia Río de Janeiro.

En el Brasil se encontró con Saturnino Rodríguez Peña, un criollo que había colaborado con los invasores a Buenos Aires, que lo unió al proyecto carlotista, de coronar a la princesa Carlota Joaquina de Borbón como reina – o al menos como regente – del Río de la Plata, en reemplazo de Fernando VII, prisionero de Napoleón Bonaparte. Carlota era la esposa de Juan VI de Portugal, que estaba instalado en Río de Janeiro.

Viajó a Buenos Aires como jefe de una comisión exploradora minera enviada por la compañía británica "La Potosí, La Paz and Peruvian Mining Association". Sin embargo, es casi seguro que su misión era de espionaje a favor de las posibilidades del carlotismo o de una tercera invasión inglesa. Al llegar a Montevideo fue reconocido y arrestado por el gobernador Francisco Javier de Elío, que se apoderó de las cartas de Carlota para sus simpatizantes en Buenos Aires. Acusado de alta traición, fue procesado con pedido de ejecución.

Cuando llegó al Río de la Plata el nuevo virrey, Baltasar Hidalgo de Cisneros, fue trasladado para su enjuiciamiento a Buenos Aires. Allí fue defendido por Juan José Castelli; como al estallar la Revolución de Mayo éste fue elegido miembro de la Primera Junta, Paroissien recuperó rápidamente la libertad.

Recrudece el "carlotismo"'.

El 6 de diciembre (1808) llega a Montevideo la fragata española de guerra La Prueba, con jefes y oficiales remitidos a Inglaterra cuando la toma de Montevideo (entre ellos Ruiz Huidobro, portador de un flamante pero inútil título de "Virrey de Buenos Aires" de la Junta de Galicia). Los pasajeros contaron una curiosa aventura ocurrida en Río de Janeiro el 20 de noviembre: la princesa Carlota ordenó al capitán que demorase la partida pues se proponía embarcar secretamente con destino a Buenos Aires. El capitán llamó a junta de pasajeros, y éstos resolvieron partir inmediatamente y "defenderse con las armas si fuera necesario". Así se hizo, sin que los buques portugueses que estaban en la bahía ni la escuadra inglesa les impidieran zarpar.

En vez de llegar la princesa, vendría Burke en abril de 1809 con cartas de Sydney Smith para Elío y Liniers "a fin de arreglar el conflicto entre vosotros", y en realidad para ponerse al habla con los carlotinos porteños. Tanto Liniers como Elío conocían al personaje; Elío respondió a Smith que echó a Burke "sin darle audiencia por ser un sujeto odioso, detestado en esta ciudad por lo que no podía responder de su seguridad". Liniers lo recibió para decirle —cuenta Burke— "que me había visto en Madrid en tiempo de guerra pasando por francés, había viajado al interior de Sudamérica sin permiso, engañado a todos sus predecesores como oficial alemán y debería salir del país inmediatamente". Burke guardó silencio, pero hizo saber a los edecanes de Liniers que conocía la correspondencia de éste con Napoleón, "pero no la revelaba porque no podía divulgar secretos de su país". Y la venganza que tomó fue dolorosa y poco caballeresca. En el momento de embarcarse mandó al virrey las pruebas de hallarse Anita Perichon al servicio de Inglaterra y haber girado contra los fondos secretos del Foreign Office el precio de los transportes amorosos que su anciano amante atribuía a inclinación sentimental. El desengañado y dolido Liniers la mandaría a Río de Janeiro para no verla más.


La Perichona

Burke informó a Londres: "Era absolutamente necesario quitarle (a Liniers) su amiga". Presas atribuye lo que llama "exilio" de Anita a un incidente relatado en sus Memorias secretas. Había entonces una canción bélica: "¡A la (guerra, a la guerra, españoles! ¡Muera Napoleón! ¡Viva el rey Fernando - Patria y religión!", y una noche un grupo de azorados regidores oyeron cantarla a la amiga del virrey trasponiendo los vivas y los mueras y no mandando precisamente a los españoles a la guerra. Es posible que haya ocurrido el episodio, pero no fue el motivo determinante del alejamiento de Anita. Cesó como amante de Liniers, cuando el Intelligence Service resolvió sacrificarla cruelmente.

Captación de Saavedra y Pueyrredón.

Possidonio da Costa, el eficaz informante de Coutinho en Buenos Aires, tenía desde hacía tiempo puestos los ojos en Saavedra, cuyo prestigio en los cuerpos militares era grande después del 1 de enero de 1809. Alguien le trajo la versión que el comandante de Patricios habría dicho "que en caso de perderse Europa, defendería los derechos de la Serenísima Señora Doña Carlota", y gestionó de la Infanta una misiva personal "para llenarlo de placer por la honra que recibirá". Carlota la escribe el 26 de junio y se la manda a Saavedra por intermedio de Belgrano, constituido en el centro del carlotismo porteño. Belgrano estaba distanciado del comandante de Patricios, pero no pudo negarse a la misión, y aunque "temiendo me denunciara" —dice en sus Memorias— visitó a Saavedra, le entregó la misiva principesca y le habló de la conspiración carlotista. El comandante quedó honradísimo pero se mostró cauto: "signifiqué a Belgrano —dirá— mi conformidad con sus ideas, mas excusándome de dar la cara para promoverlas ni propagarlas, asegurándole que no sería opositor a ellas". Eso debió ocurrir el 17 de julio, o poco antes; días más tarde, Vieytes hablará a Saavedra en el mismo sentido y obtuvo una respuesta semejante. Pero Saavedra escribe a la princesa el 17 sin tanta cautela: después de mencionar la justa causa de la Infanta, se "postra en el más sumiso acatamiento ante V. Alteza Real suplicándole digne mandar impartirle las órdenes que fueren de su Real agrado". No quiere entenderse con Carlota por conducto de Belgrano, pero por su cuenta hace manifestaciones de entusiasta carlotismo que Possidonio informa a Río: llega a decir que "el 1º de enero no había sostenido a Liniers y sí a la autoridad regia", que "sustentaría, reconocería y haría reconocer a la legítima heredera" (informes de Possidonio a Coutinho). También da el portugués como partidarios a Mariano Moreno y Juan José Passo. Esos días de mediados de julio do 1809, son los culminantes de la resistencia a la asunción de Cisneros —que después veremos—, y Possidonio informa a Río de Janeiro que la posición carlotista de Saavedra arrastraría a los demás comandantes a resistir al nuevo virrey y establecer un gobierno o junta provisional que llamaría a la Infanta.

Pueyrredón será convertido por Belgrano a su regreso de España. En las horas de la resistencia a Cisneros habría de ser el más abierto de los jefes militares carlotistas, Saavedra inclusive. Entre los clérigos, recuerda Saavedra, hacía propaganda el franciscano fray Francisco Chambó, corresponsal de Presas. Chambó dijo a Saavedra que el clérigo Francisco Argerich difundía un manifiesto carlotista redactado por el Dr. Manuel José García, hijo del comandante de Montañeses, y en ese momento subdelegado en Pasco, provincia de Potosí. También por la misma época, Contucci y Possidonio trabajaron al cabildo sarraceno despechado contra Liniers: el 2 de junio Contucci escribe a Carlota: "Ya el cabildo de esta capital está convencido de que su deber es reconocer a V. Alteza Real la regencia del continente español americano y sólo espera la ocasión de descubrirse". Para tener todas las cartas en sus manos, Contucci trató de captar al mismo Liniers: ya hemos visto cómo Carlota para congraciarse con el virrey sacrificó a Paroissien. Contucci irá más allá en el juego de sus intrigas: por un lado incita a Belgrano a estrechar vínculos con Liniers —como dice éste en sus Memorias— llevándole un proyecto de apertura del puerto al comercio inglés, por el otro acusa de republicanismo y anglicismo a sus mismos agentes para ganarse al virrey. "Cuidado... con Saavedra —le dice, según informa a Carlota— que anteayer fue a bordo de la fragata inglesa... y parece que se hizo tratado de negocios democráticos; y hoy se reúnen en casa de Pueyrredón, French, Vieytes, Castelli, Beruti, la mayor parte de los comandantes de los cuerpos, una porción de frailes y clérigos... y hay posibilidades de que se trate de independencia". Liniers le contestará: "Usted está equivocado", y se negó a escuchar al representante de Carlota.

Mientras en Buenos Aires la intriga se desenvuelve de tan tortuosa y contradictoria manera, Goyeneche gana al carlotismo al presidente de Charcas, García Pizarro, al arzobispo Moxó y Francolí, al intendente y obispo de La Paz, Tadeo Dávila y Remigio de La Santa Ortega. También es un convencido carlotistá el asesor de Potosí, Dr. Vicente Cañete, el deán de la catedral de Córdoba, Gregorio Funes, y el joven subdelegado en Puno, Dr. Manuel José García.

La llegada de Cisneros en julio de 1809, pondrá al cabildo de su lado y por lo tanto en contra de Carlota. No obstante, será en esos momentos, de mediados a fines de julio, cuando la intriga carlotistá estuvo a punto de imponerse en Buenos Aires si los comandantes militares se hubiesen decidido a resistir a Cisneros y establecer una Junta que trasmitiese el poder a la Infanta. Pero Liniers lo impediría, como veremos.

Precisamente en esos momentos —mayo en Charcas y julio en La Paz— estallaban las reacciones anticarlotistas del Alto Perú en forma de revoluciones más o menos populares (más en La Paz, menos en Charcas). La contradicción entre el "independentismo" liberal y protegido del puerto y el movimiento nacionalista del Alto Perú opuesto a toda ingerencia extranjera (al "carlotismo" en primer lugar), resalta en forma evidente.

Lord Strangford

Percy Clinton Sydney Smythe, sexto vizconde de Strangford, embajador de su país ante los reyes de Portugal, en ese país y en Brasil; es conocido en la historia argentina simplemente como Lord Strangford.

Nació en 1780 en Londres, noble de origen irlandés protestante, y par de Irlanda. En su juventud quiso ser poeta, pero su fracaso lo llevó a la carrera diplomática.

En 1806 fue nombrado embajador británico en Portugal. Al año siguiente, ese país fue invadido por las tropas de Napoleón Bonaparte. Por orden de sus superiores, Strangford organizó la huida de toda la casa real hacia el Brasil en barcos de la flota de guerra inglesa. Continuó ocupando su cargo en Río de Janeiro.

Se mostró como un firme opositor a la política de la infanta Carlota Joaquina de Borbón, esposa del rey Juan VI de Portugal, que hubiera llevado a un protectorado portugués sobre el Virreinato del Río de la Plata. Dirigió en parte la política portuguesa de esos años, pero tuvo mucha mayor importancia respecto de la independencia de Argentina, ya que fue el principal mediador entre los revolucionarios y el gobierno de Gran Bretaña.

Fin del carlotismo.

Perdida la oportunidad de julio de 1809, el carlotismo se diluirá, la causa es que Inglaterra ha perdido interés en la intriga, y su motor, el vicealmirante Smith, ha sido sustituido y llevado lejos de Río. Ahora Strangford puede manejar las cosas sin interferencia de los suyos (los únicos en obstaculizarlo) y tanto borra de la mente de Coutinho al imperio americano como quita pájaros de la cabeza de (¡arlota. Lo ayudará —guardando las distancias— el embajador de la Junta de Sevilla en Río, marqués de Casa-Irujo.

"Pasado el tiempo —dice Saavedra— y viendo que la señora Infanta no realizaba sus promesas de venir a Buenos Aires como lo había prometido... empezó a resfriarse la opinión y de grado en grado decayó hasta el extremo de olvidarse".

Belgrano escribe a Carlota con asiduidad el año 1809 para informarle el estado de la "causa". Su labor es múltiple: redacta un diálogo, a modo de catecismo, entre un español y un americano, donde ambos después de largos razonamientos concluían que la presencia de Carlota en Buenos Aires era lo justo; hace propaganda epistolar en el interior, etc., etc.... pero la Infanta no llegará, ni contestará sus cartas. Pueyrredón, que debe escapar a Río de Janeiro porque Cisneros ha ordenado su detención —como luego veremos—, va provisto de cartas de Belgrano y demás carlotistas para insistir a la Infanta "cuánto convenía se trasladase a Buenos Aires". Se asombra porque la futura regente "no lo recibiera ni hiciera caso de él", y al final queda tirado e inútil en la capital brasileña. Algo andaba mal en el carlotismo que Belgrano con perspicacia atribuye a "miras políticas inglesas". Con el poco sentido de las proporciones de quienes creen jugar los intereses extranjeros para sus miras políticas, el grupo carlotista porteño escribe el 22 de agosto una larga carta al canciller inglés para convencerlo que traer a Carlota "es trazar el vasto edificio de un nuevo Imperio español-americano que iguale, cuando no exceda, en poder al europeo", donde Inglaterra encontraría compradores para sus muselinas y vendedores del algodón y lana que necesitaba. Como Canning y Castlereagh han dejado el gabinete en setiembre (y batido en duelo) la carta queda sin respuesta. Belgrano empieza a cansarse de su media correspondencia con la Infanta y acaba por no escribir más, olvidándose del asunto. El último carlotista argentino será el deán Funes, que todavía en febrero de 1810 escribe desde Córdoba que Carlota se deberá acompañar en su gobierno por un "grupo de hombres sabios e incorruptibles" entre los cuales esperaba contarse.

Durante la Revolución el carlotismo pareció revivir en ciertas medidas de la Junta de Mayo y en algunas instrucciones diplomáticas a Sarratea de 1811. Pero ya no andaba: haber sido carlotista sería una acusación clásica lanzada contra todo enemigo: el deán Funes y Saavedra, en 1811; Rivadavia y Pueyrredón, en 1812.


 

02/12/2011

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18/02/2012